Filosofía de la naturaleza y filosofía del valor
La filosofía de la naturaleza no tiene que ser indebidamente terrestre; para ella, la tierra es solo uno de los planetas más pequeños de una de las estrellas más pequeñas de la Vía láctea. Sería absurdo deformar la filosofía de la naturaleza con el fin de producir resultados agradables para los diminutos parásitos de este insignificante planeta. El vitalismo, como filosofía, y el evolucionismo muestran, a este respecto, una falta de sentido de la proporción y de la relevancia lógica. Contemplan los hechos de la vida, que nos interesan personalmente, como dotados de un significado cósmico, no de un significado limitado a la superficie de la tierra. El optimismo y el pesimismo, como filosofías cósmicas, muestran el mismo humanismo ingenuo; el ancho mundo, tal como lo conocemos por la filosofía de la naturaleza, no es bueno ni malo, ni se ocupa por hacernos felices o desgraciados. Todas estas filosofías tienen su origen en el egocentrismo, y un poco de astronomía es la mejor manera de corregirlas.
Pero en la filosofía del valor, la situación se invierte. La naturaleza es solo una parte de lo que podemos imaginar; todas las cosas, reales o imaginarias, pueden ser estimadas por nosotros, y no hay patrón exterior que demuestre que nuestra valoración este equivocada. Nosotros somos los últimos e irrefutables árbitros del valor y en el mundo de las valoraciones la naturaleza es solo una parte. Así, en este mundo de los valores, la naturaleza es neutral, ni buena ni mala, no merece admiración ni censura. Nosotros somos los creadores de valores y nuestros deseos son los que confieren valor. En este reino somos reyes, y degradamos nuestra realeza inclinándonos ante la naturaleza. Nosotros somos los que tenemos que determinar la vida buena, no la naturaleza, ni siquiera la naturaleza personificada por Dios."
Extraído de "Lo que creo" de Bertrand Russell.










